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alberto báez munguía

Hacer cielo

Mariela Castañeda

O decir la realidad en una imagen que esquive toda intención realista. Escribir con fotografías una historia artificial, no por falsa, sino por la consciencia de su artificio, el juego de la forma que dicta, en este caso, el cielo[1] mismo (que no es plano ni cabe en una pantalla, lo sabemos). La pretensión decimonónica por definir el mundo natural, bastante erosionada ya, aquí se desenvuelve en gestos sutiles, juegos bidimensionales que desmontan (para volverlos a armar, a manera de Cortázar) los ejercicios serios del positivismo: Báez Munguía conjuga algunos de sus documentos, la fotografía, la pintura figurativa, el mapa celeste, y explora nuevos modos de representación.

Como primer juego, la bóveda, el cielo de concreto para observar o explicar el otro cielo, no menos artificial (véase la serie Planetario). Luego, la ventana, el marco a escala que impone al afuera la condición de realidad (Estudios para el cielo). Y los correlatos formales de ambos: toneladas de concreto para ubicar al hombre en la vasta inmensidad o la infinita angustia (muy moderno, diría Báez), o gramos de papel para enmarcar realidades de otros tiempos (¿no le recuerdan a la pantalla de su celular?). Los cielos del pasado traídos al presente (Carte du ciel o Ceci n’est pas un ciel), invocados en observatorios astronómicos o pinturas en que se advierten espectros: las pinceladas del astrónomo disfrazado de pintor o el pintor disfrazado de astrónomo, y el fotógrafo acusando el disfraz. Detalles, porque el cielo completo no puede fotografiarse. O verse. O tocarse: está, stricto sensu, vedado para los sentidos. Entonces, las máquinas, extensiones de los ojos, de las manos, lo fingen para nosotros en parodia de alto rigor formal (serie Bóveda celeste). En la técnica se esconde la fábula, sea inyección de tinta, placas de plata y sustancias reactivas, bits y todas las combinaciones que eso engendre. Porque de eso se trata, de fabular y fabular y meter esa fábula en otra —como cajitas chinas— y llamarla realidad o fotografía, llamarla historia natural o museo (todo es un revoltijo de suposiciones, Báez dixit). Todo por ver el cielo, para realmente verlo, no por transparente, que en la ciudad es todo menos eso, sino por abstracto (a veces uno necesita ver los conceptos para sentirlos, no entenderlos). Si el color del cielo es viaje de ondas, pintarlo al gusto de la memoria, sin nostalgia. O usarlo como pliego premonitorio, mirar ahí el presagio, el horóscopo, el hoyo en la capa de ozono. Construir un cielo interno o externo, con precisión astronómica o precisión afectiva, usted elija. Fingir el documento científico, jugar en serio y lanzar preguntas, ¿es esto el cielo? Habitar el lugar común para alzar el rostro (cosa desacostumbrada, pregúntele a su cuello), mirar, y con el click hacer _ _ _ _ _.

[1] Por no cargar a un texto tan breve de marcas tipográficas no se ha entrecomillado las siguientes palabras: cielo, historia, real, mentira, museo, y un largo etcétera.